...y rebobinando un poco, podemos analizar los entornos familiares en los que crecimos y sus discursos formativos. Además de su impronta psicológica (como los "mandatos familiares"), los discursos se ven explicitados en las posibilidades que propician para nosotros nuestros padres y abuelos. Ahora los comprendo desde un lugar de mamá. Pero me interesaba revisarlos desde el lugar de la niña que fui…La música centroamericana sonaba por toda la casa, mi viejo siempre había tocado esa música en el piano y en las congas y bongoes. Desde su adolescencia había tenido un "conjunto" donde reproducían guarachas, cumbias colombianas, sones cubanos, candombe, salsa y cha cha chá. De hecho mi nombre fue elegido por mis padres a partir de una canción de aquellos orígenes: "Matilda".
A los cuatro años, ante mi inquietud y el histrionismo que destacara mi abuela (obviamente presa del fanatismo con su primera nieta) me llevaron a aprender danzas españolas, clásicas y folklóricas. Ocho años transcurrieron de festivales y en el recuerdo todavía veo a mi mamá y a mi abuela bordando lentejuelas durante semanas enteras. Mientras tanto, el piano de mi papá sonaba por las noches y yacía en el comedor como esperando mis deditos y los de mi hermano que siempre andaban rondando por ahí. No nos dejaban jugar con el piano. Cuando entendieron mi seria incistencia, a los 8 años (edad que imprime esa foto), empecé a tomar clases de piano con "Monona", una vecina tan amorosa como sensible. A los 10 me preparó para ingresar al conservatorio y allí siguieron 2 años más de estudios musicales. Pero con el ingreso a la escuela secundaria, todo comenzaría a cambiar...

