La lengua nacional argentina
Ensayo
Hablo de cuando el arrabal, rosado de tapias, era también relampagueado de acero; de cuando las provocativas
milongas levantaban en la punta el nombre de un barrio;
de cuando las patrias chicas eran fervor.
Jorge Luis Borges
“Hombres pelearon”. El idioma de los argentinos, (1928)
La reflexión sobre la lengua, ha constituido a través de los tiempos una cuestión importante en la construcción de la identidad nacional, individual y colectiva. Este dilema ha sido controvertido por largos años. Los hombres del 37 entendían la diferenciación idiomática como una acción ligada a la emancipación en los demás aspectos político-institucionales. De este modo, una nueva nación debía adquirir una lengua distinta. La española se convertía en una cultura moribunda y la americana en una naciente, por lo tanto se entendía que era necesario expresarse de modo diferente.
La búsqueda de una nueva comunidad socio-lingüística y cultural articuló, hasta avanzado el siglo veinte, las propuestas de organización simbólica de los Estados nacionales y de otras unidades de la región. En ese recorrido, una tradición que entrama distintas posiciones en torno de los usos literarios de la lengua americana sostiene a la vez su ponderación como matriz articuladora de la diversidad étnica, social y cultural.
A partir de los debates gramaticales y léxicográficos que signaron muchas de las intervenciones letradas a partir del siglo diecisiete, alcanzaron su apogeo a fines del diecinueve, donde la discusión en torno del problema de los usos literarios de la lengua, de las estrategias necesarias para su legitimación y de las reglas y normas que condicionarían su aceptabilidad, fue uno de los anclajes más persistentes en el pensamiento de la época.
La búsqueda de una lengua literaria común para el área cultural hispano-americana en la segunda mitad del siglo diecinueve, relegó una serie de mecanismos discursivos que hicieron aceptables ciertos usos y registros “americanos” pero también dando lugar a vulgarismos o barbarismos. Y al mismo tiempo abría otros espacios de tolerancia para lo vulgar, lo bárbaro, lo popular y/o lo coloquial.
Pero por qué esto tendría que ver con la configuración de “lo nacional”?
Benedict Anderson demostró con sutileza y originalidad que las naciones no eran el producto de condiciones sociológicas dadas como la religión, la raza o la lengua; y que aquí como en cualquier parte del mundo las naciones han sido imaginadas en su existencia. La nación como resultado de una construcción que posiblemente iba siendo modulada por Europa o Norteamérica.
Pero entonces una objeción que puede hacérsele a Anderson respecto de esta cuestión es: Si las comunidades imaginadas se recreaban según formatos modulares, ¿qué es lo que queda librado a la imaginación? Partha Chatterjee se pregunta: Comunidad imaginada: ¿por quién? Esta autora entiende que Anderson acierta cuando afirma que es el “capitalismo impreso” el que provee el nuevo espacio institucional para el desarrollo de la nueva lengua “moderna”. Sin embargo, las peculiaridades de la situación colonial no permiten una transposición tan sencilla de los patrones europeos de desarrollo. Alrededor del proyecto de la lengua nacional se genera toda una red institucional de prensa impresa, casas editoras, periódicos, revistas y grupos literarios, por fuera de la responsabilidad y autorización del estado.
Remontándome a los orígenes de nuestra nación, un dato me resultó curioso: se cuenta que un día el poeta Martin del Barco Centenera ocurrentemente mencionó la melodiosa palabra, henchida de promesa, afecto y trampa: Argentina. Y quedó para siempre.
Ortega y Gasset mirándonos dijo: El argentino tiende a resbalar sobre toda ocupación o destino concreto. Es un frenético idealista: tiene puesta su vida en una cosa que no es él mismo; una idea o un ideal que tiene de sí mismo. Es como si habitara dentro del personaje que imagina ser.
Muchos escritores de diversos orígenes han coincidido en describir a los argentinos como arrogantes, despectivos y ventajeros. Como en el adagio español canta:"del rey abajo, ninguno" se ilustra a una argentina que cree que ninguna política pública es buena para toda la nación, y que solo puede beneficiarse a un grupo en detrimento de los restantes. Pareciera regirse por un particularismo que bloquea el desarrollo de valores compartidos e impide superar la fragmentación que daña nuestra armonía social y nuestro progreso como nación.
Es nuestro el: "me rio por no llorar", sin embargo muchos amamos la Argentina. Contradicciones y paradojas vastas se cruzan con herencias y visiones que, además de generar tensión, producen conflicto.
Leo que mentes lúcidas de alguna época aseguraban que no había una sola argentina, sino dos: una que latía tradición ibérica, fuente colonial y rural; la otra que latía Ilustración, urbana. La tradición ibérica contenía elementos autoritarios, jerárquicos y conservadores. La ilustrada bregaba por la democracia, el progreso y los derechos individuales. La ibérica era fatalista, desdeñaba el trabajo físico y consideraba al Gobierno fuente de todos los bienes. La ilustrada promovía la iniciativa personal y las instituciones republicanas. El proceso de "independencia" parece haber favorecido paradójicamente a las dos tradiciones y produjo un reforzamiento a la dicotomía urbano-rural. Uno y otro apoyaron la emancipación como la mejor forma de consolidarse, a costa del oponente. El producto ibérico proveyó la noción de pertenencia, y el ilustrado las instituciones.
Lucien Abeille en su polémico texto Idioma Nacional de los argentinos crea un punto de inflexión en el debate. Su tesis principal consiste en que la constitución de la nueva raza debía producirse a partir del contacto y la mezcla lingüística y cultural, tanto la ya producida entre colonizadores españoles y aborígenes como la que debía generarse a partir de la llegada masiva de inmigrantes. En su libro Idioma nacional de los argentinos incómoda a la élite, entre otras cuestiones, porque se inserta en una coyuntura histórica en donde la clase dirigente comienza a revertir el anti-hispanismo y la visión positiva del inmigrante. Esto sucede, y se acentúa con los años, debido a que, en la formulación del relato de identidad de los hombres del 80 en adelante, se produce una inversión de las dicotomías fundantes de la cultura nacional, articuladas en el par “civilización y barbarie”.
Según Ennis, en determinados planteos referidos, por ejemplo, a la emancipación lingüística como paso fundamental en la construcción de la nación, el discurso de Abeille se constituye en continuador de los aportes formulados por los liberales de 1837.
Alberdi pensaba la revolución como una independencia política la que sería completada emancipando la cultura. Creía que aquella se realizaría cuando se emancipara la lengua comprendiendo su posibilidad en la alteración de las lenguas y creyendo que éstas mejoraban por el cruzamiento con otras. En su juventud habría estado del lado de los antihispanistas, pero ya con el tiempo reivindica la lengua española con la intensión de rescatar los valores tradicionales y manifestando renovar lazos con España.
Ernesto Quesada, quien publica dos textos: El problema del idioma nacional (1900) y El ‘criollismo’ en la literatura argentina (1902) afirma que lo que define los rasgos de una lengua nacional no puede ser ni la oralidad de la gauchesca, ni el producto del contacto lingüístico con lengua migratoria, ni una supuesta jerga delincuente . Para Quesada, la lengua legítima es la de la escritura, pero no la que hace ingresar la oralidad ilegítima del gaucho o del inmigrante. Al señalar esto, piensa en la literatura criollista, que por aquellos años consigue una gran masividad. Ennis señala que en Quesada se puede apreciar muy bien de qué modo la definición de una lengua nacional se entrecruza con la de la literatura nacional.
Arlt, que fue escritor apasionado, turbulento y trasgresor, a través de Los siete locos, despojó de solemnidad a la literatura argentina de la época. A modo de reseña leí: Roberto Arlt fue un subversivo en el sentido de haber ido más allá de los cánones, de combinar lo que se suponía imposible o inadmisible: lo sublime con lo grotesco en un lenguaje excepcional. Sus personajes, contradictorios y atormentados, se nos presentan como seres perdidos en la hostilidad del mundo. Sin embargo, parece latir en ellos la humilde esperanza de una salida. Los vemos hundidos en el fangal más degradante: chapalean en busca de la salvación o, al menos, de una oportunidad.
De Arlt también se dice que arcaísmos y porteñismos se entrecruzaban en sus producciones para concebir expresiones muchas veces pintorescas. Que encuentra un lenguaje particular que conviene al escenario sórdido de esa Buenos Aires pujante de principios del siglo XX que es ciudad de inmigrantes, barcos y conventillos, habitada por personajes de arrabal, porteños en musculosa que se asoman a la puerta como guardianes de la nada, hombres que se despiojan los pelos del sobaco en un oscuro bodegón, jorobados, rengos, prostitutas, delincuentes, alucinados y cornudos. Niños, hombres y mujeres con el alma mezquina van bordeando los extremos, a veces condenados de antemano. Borges dice en forma de metáfora, que criaturas con algo de monstruo o de ridículo cohabitan con otros desdichados de alma tumultuosa en una ciudad que crece como una planta que hace ruido.
En el segundo párrafo de su ensayo El idioma de los argentinos (1928) Borges escribió:
El idioma de los argentinos es mi sujeto. Esa locución, idioma argentino, será, a juicio de muchos, una mera travesura sintáctica, una forzada aproximación de dos voces sin correspondencia objetiva. Algo como decir poesía pura o movimiento continuo o los historiadores más antiguos del porvenir. Un embeleco del que ninguna realidad es sostén.
Borges no se implica en discusiones que probarían la superior calidad de una norma lingüística sobre otra, pero señala el derecho a la diferencia entre un dialecto y otro. Sin embargo, sus ejemplos suponen que la norma rioplatense es más sutil que la del español peninsular y que la abundancia de léxico de que se vanaglorian los españoles no son sino formas de la hinchazón y la tontería: máscaras eufemísticas de la muerte. Aun más: la voceada superioridad lingüística de la metrópolis debería reflejarse en una "gran literatura poética o filosófica, favores que no se domiciliaron nunca en España." Borges entiende que la lengua con su expresión literaria y poética, es la única capaz de revelar su potencial fundamental. Solo parecen salvarse Cervantes y Unamuno.
Borges parece confirmar la supremacía de lo porteño contra lo no porteño enfrentando a los provincianos como el cordobés Lugones, el santiagueño Rojas y el santafesino Gálvez; y asimismo, establece el poder cultural de su clase social contra la cocolichesca de los inmigrantes.
Américo Castro, enemigo acérrimo del voseo, "calamitoso rasgo" en su decir, es símbolo de las irregularidades lingüísticas que cuentan con una absoluta "impunidad social" y síntoma de "desequilibrio y perversión colectiva." También advierte Castro que la Argentina es el único país latinoamericano que enarbola con orgullo una tradición local como la gauchesca. Y si bien acierta al afirmar que es exagerado comparar, como Lugones, al Martín Fierro con El Cid Campeador, su ataque–que incluye a Don Segundo Sombra, a quien define como "arquetipo de todos los frustrados"- no podía menos que chocar a Borges y colocarlo a la defensiva.
Un ejemplo interesante de los ataques lingüísticos que recibe Castro son los dos artículos publicados en "La Carreta" de octubre de 1941. Los firman Luis Pinto -"Américo Castro, ‘Corregidor’ de Lengua..."- y Vicente Rossi, "A los Encomenderos Idiomáticos de los Pueblos del Plata". En ambos se acusa al filólogo de querer reimplantar el vasallaje impuesto desde España, instándose a los argentinos a rechazar la injerencia de una autoridad externa que desconoce nuestra idiosincrasia. En el primero, el principal acusado es Ricardo Rojas, quien, a pesar de su nacionalismo, como Decano de la Facultad de Filosofía y Letras había contratado a lingüistas españoles, discípulos de Ramón Menéndez Pidal, al frente del Instituto de Filología Hispánica, creado en 1923. El primer director fue Américo Castro, y luego de otros, a partir de 1927, Amado Alonso. Rossi, a su vez, reclama de los intelectuales argentinos el mismo fervor con que Castro defiende la causa de "Hispania", a pesar de no ser español. En realidad, Américo Castro había nacido en Cantagallo (Brasil). Parece que Vicente Rossi, le reprochaba que, a pesar de su origen americano, adhiriera a la causa española.
El severo diagnóstico de Castro sobre el español hablado y escrito en Buenos Aires coincide con el trazado por Amado Alonso en "El problema argentino de la lengua"(1935): problema, desbarajuste, desquicio, caos expresaban la consternación de quienes veían en el entrevero lingüístico un síntoma alarmante de desorden social. La lengua significaba orden no sólo porque organiza el pensamiento, sino también porque manifiesta la estricta jerarquía que rige la relación entre los grupos sociales: la ausencia de una clara estratificación lingüística en consonancia con la posición social de los hablantes es precisamente el rasgo que alarma en la lengua de Buenos Aires. Castro aparece ofreciendo no sólo el diagnóstico, sino que lo interpreta como síntoma de una patología social, cuyas raíces históricas pretende desentrañar. Así arriba a conclusiones sobre la "esencia" del pueblo argentino donde lo acusa de "plebeyismo universal", con "instinto bajero", "descontento íntimo, encrespamiento del alma al pensar en someterse a cualquier norma medianamente trabajosa."
Para contextualizar la presencia ubicua del inmigrante y su dañina influencia, conviene aclarar que se proponían en aquel tiempo diferentes acepciones de "nacionalismos", uno de ellos el hispanizante. Por otra parte, la procedencia hispánica de los directores del Instituto de filología se hacía sospechosa de ejercer un tutelaje para recuperar dominios perdidos; por eso, ambos reclamaban que un argentino debía dirigir el Instituto.
Así defiende Borges a Vicente Rossi: Divisa por divisa, me quedo con la de mi patria y prefiero un abierto montonero como Vicente Rossi a un virrey clandestino como lo fue Don Ricardo Monner Sans además, Vicente Rossi escribe incomparablemente mejor (Síntesis, noviembre de 1928). En cuanto a Costa Álvarez, este periodista y traductor platense había alcanzado autoridad por lo singular de su especialización en la cuestión del idioma, que había historiado en Nuestra lengua (1922) y luego ampliado en El castellano en la Argentina (1928).
El Instituto siguió dirigido por españoles, en particular por Amado Alonso, quien le había puesto un nombre propio al desbarajuste lingüístico de Buenos Aires al etiquetarlo como el problema argentino de la lengua, enfatizando la influencia nociva que ejercía Buenos Aires. Pero Alonso no pretendió como Castro probar una tesis sobre la esencia del pueblo argentino y por otra parte se consideraba amigo de Borges, a quien precisamente le dedica su obra, como compañero en estas preocupaciones. En la obra de Castro, por el contrario, se deslizan sugerencias contra Borges: Hay argentinos, incluso con relieve intelectual, que declaran ser su lengua el "argentino", aunque no insistan mucho en ello al expresarse con la pluma- Para algunos, hacia 1927, [las formas bastardas] parecían el pedestal sobre el que debiera alzarse el futuro gran idioma de los argentinos- Ciertos argentinos, al parecer un tanto ociosos y aprovincianados, pasaron su vida soñando en grandezas, partiendo del color local de la vida suburbana: canto melancólico, tanguito, organito, bronca.
Borges desbarata lo que se había planteado como el problema argentino de la lengua demostrando la falacia de identificar la lengua de Buenos Aires con sus parodias arrabaleras. Además de pulverizar la tesis de su contrincante, lo invalida por las torpezas de su estilo.
Luego Borges publica El informe de Brodie (1970) y en el "Prólogo" nombra por primera y única vez a lo largo de toda su extensa obra a Roberto Arlt: Imparcialmente me tienen sin cuidado el Diccionario de la Real Academia, dont chaque édition fait regretter la précédente, según el melancólico dictamen de Paul Groussac, y los gravosos diccionarios de argentinismos. Todos, los de este y los del otro lado del mar, propenden a acentuar las diferencias y a desintegrar el idioma. Sin embargo, Invocado por el tema de las hablas regionales o especiales, o por las causas que fueren, parece que, al escribir El informe de Brodie, el recuerdo de Roberto Arlt andaba por la cabeza de Borges.
Encontré también, posiciones contrarias que coexisten respecto de la producción de las obras literarias: una expresa que jamás se han originado en sociedades colectivas sino que siempre han sido fruto exclusivo de la creación individual. La opinión contraria ve a las obras como resultado de la acción de un grupo sustentado como en una especie de criterio de eficacia colectiva, criterio maravillosamente aplicable al fútbol pero de ningún modo admisible en lo personal por excelencia: la creación artística. Acaso como una extensión adicional de aquel afán clasificatorio, suele hablarse también de una suerte de "vidas paralelas" entre los dos escritores que más vigorosamente representarían a uno y otro grupo: Jorge Luis Borges y Roberto Arlt. De acuerdo a mis lecturas, parece innegable que la obra de Arlt, constituyó una lectura importante para Borges, hasta el punto de recordarlo a veces con ajustadas semejanzas nada menos que cuarenta años más tarde.
Con frecuencia se trazaron paralelismos y comparaciones entre los denominados grupos de Florida y de Boedo, que surgieron en Buenos Aires allá por la década de 1920: inclinado, según dicen los que saben, a lo "estetizante" el primero; a lo "social", el segundo.
Un dato gracioso cuenta cómo se habrían agrupado. Borges comenta al respecto: […] Fue un poco una broma como la polémica de Florida y Boedo, por ejemplo, que veo que se toma en serio ahora, pero no hubo tal polémica ni tales grupos ni nada. Todo eso lo organizaron Ernesto Palacio y Roberto Mariani. Pensaron que en París había cenáculos literarios, que podía servir para la publicidad el hecho de que hubiera dos grupos enemigos, hostiles. Entonces se constituyeron los dos grupos. En aquel tiempo yo escribía poesía sobre las orillas de Buenos Aires, los suburbios. Entonces yo pregunté: ‘¿Cuáles son los dos grupos?’. ‘Florida y Boedo’, me dijeron.
Una pregunta empezó a brotar a raíz de este dilema: ¿Cómo resonaba la cuestión frente al tango?:
Indagando un poco leí: Jorge Luis Borges tenía una relación muy especial con el tango. Más allá de sus cuentos impregnados de imágenes tangueras y poblados de cuchilleros, hombres de ley, códigos inquebrantables y arrabales, el escritor dedicó varias declaraciones a la música ciudadana. En ellas, hostigó a Carlos Gardel, a quien acusó junto al tango "La cumparsita", de provocar "la declinación del tango". Sin embargo, siempre se mostró admirador del tango primitivo, alegre y pícaro de principios de siglo XX, que incluye títulos subidos de tono como "El fierrazo" y "La c... de la l...".
Así como el tango fue un híbrido en sus comienzos, hasta que encontró su molde y su forma, del mismo modo la inmigración transformaba la cultura del país. Arlt sintió la necesidad de rescatar algo de todo aquello, de dejar un registro imborrable de ese mundo que se desvanecía ante lo moderno y el desarrollo industrial.
En la oralidad cotidiana pueden colarse argentinismos y lunfardismos. Inevitable. Términos como: mina, curda, timba, guita, fiaca, jermu, laburo abundan y surgen naturalmente adecuándose en el contexto en que se las utiliza.
Según Borges uno de los frentes enemigos era el "arrabalero", dialecto en el cual se subsume, junto con el lunfardo, un criollismo sainetero. No es difícil percibir que en una misma maniobra acusatoria, Borges intenta alcanzar tanto a los orilleros como al habla de los inmigrantes -en general italianos de primera y segunda generación- que bastardeaban el idioma. Borges los acusa de intentar introducir en el habla culta el lenguaje canalla y hermético del submundo carcelario. Como sabemos, una de las más probables etimologías del término "lunfardo" es la de "lombardo", y un elevado porcentaje de palabras del lunfardo son de origen italiano, como bagayo, fiaca, crepar, yirar, yeta y muchas otras. Borges sostiene que el lunfardo ha sido desdeñado por escritores populares y que tampoco llega a las letras de las milongas o de los primeros tangos.
Se cuenta que a Roberto Arlt le echaron en cara su desconocimiento del lunfardo y que éste replicó: Me he criado en Villa Luro, entre gente pobre y malevos, y realmente no he tenido tiempo de estudiar esas cosas: y yo, que he conocido algo a los malevos, he observado -cualquiera puede observarlo- que casi nunca usan el lunfardo. O no sé: usarán una palabra de vez en cuando.
El lunfardo, de hecho, es una broma literaria inventada por saineteros y por compositores de tangos y los orilleros lo ignoran, salvo cuando los discos del fonógrafo los han adoctrinado.
La misma palabra: tango, se refiere al sitio de concentración de esclavos- encontré- donde se los amontonaba al ser bajados de las infames naves que los habían cargado en África encadenados y azotados. Pero también refiere al lugar donde se los vendía
Se dice que un personaje que amaba Borges era el compadre, guapo prestigioso por su coraje y su mirada. Animó buena parte de sus relatos. El compadre encarnaba la justicia frente a la arbitrariedad de la policía, se comportaba como un hombre de honor y de palabra. Que vestía de negro por su intimidad con la muerte; despreciaba el trabajo como sus antecesores míticos (el hidalgo y el conquistador), y como su padre aborrecido (el gaucho). Dicen que su melena sobre la nuca evocaba la coleta de los últimos tiempos coloniales y que se batía a muerte si le miraban la mujer. Que se contoneaba al caminar evocando el minué, paso que luego incorpora al tango, nos cuenta Aguinis. Que era tan parco en el hablar que no sólo generaba incógnita, sino miedo.
El compadrito, como denuncia la palabra, era menos en todo. Imitaba al compadre, pero mal. No infundía temor. Mientras el compadre se imponía por mera presencia y por conducta lineal, el compadrito llenaba sus carencias con lenguaje vil y aires de fanfarrón. Era chanta. Era como gaucho desmontado. El compadrón ocupaba un peldaño más bajo aún. Era el ventajero. También desleal y cobarde. Traiciona a su familia, sus amigos y su barrio por el mínimo plato de lentejas. Empilchaba hasta el grotesco y voceaba virtudes inexistentes.
Y el malevo, ya pisa el barro: es la absoluta degeneración. Su nombre ni siquiera deriva de la raíz padre o compadre. Abusaba de todos sin distinción.
El tango contiene desde sus orígenes el pueblo real, con sus variados ingredientes, tradiciones, desajustes, dramatismo, descontento, problemas, melancolía y sarcasmo. Había aire de candombes, remotas habaneras y el rasguido filosófico de los payadores.
Se dice que el tango no hubiera sido lo que fue sin las contribuciones del dolor, las esperanzas y el talento de los que vinieron de afuera con una mano adelante y otra atrás. Se entretejieron tradiciones, ritmos y melodías donde los inmigrantes fueron un notable ingrediente en las etapas de formación y expansión del tango. El tango, desde sus comienzos, expresa la tensión entre lo que se dice y sugiere, ironiza y llora, consuela y ríe.
Pensé: ¿Cómo se expresará la antigua querella de la lengua en el contexto de globalización?
La idea de lo nacional, en el contexto de la globalización, debe reformularse; la persistencia del imperialismo y la dependencia no significa que nos movamos en el mismo escenario de principios del siglo XX ni siquiera en las décadas posteriores a la segunda mitad de la centuria, significa que los viejos tipos de vínculos (internacionales) se hallan subsumidos y atravesados por nuevos (transnacionales):
De manera que, en los tiempos que corren solo nos queda un elemento en común, algo así como la tabla de salvación para el náufrago: la cultura nacional, el yo.
En América Latina el proceso de apertura económica se distingue por dos tendencias contradictorias: la primera, se marca por la desintegración social, política y nacional que está socavando el reconocimiento de lo latinoamericano en un movimiento creciente de "neutralización y borramiento de las señas de identidad nacional y regional. La segunda, muy unida a la primera en algo así como un acto de réplica, se caracteriza por la reafirmación de nuestra identidad en esa incesante lucha contra el invasor desde Colón hasta nuestros días.
Es la equivalencia entre identidad y nación la que estalla ante la multiculturalidad de la sociedad actual latinoamericana, porque, por un lado la globalización disminuye el peso de los territorios, desdibuja las demarcaciones geopolíticas y los acontecimientos fundadores que telurizaban y esencializaban lo nacional y, por otro lado, toda la revaloración de lo local redefine la idea misma de la nación; porque hoy mirando desde la cultura mundo la cultura nacional aparece provinciana y cargada de lastres estatistas y paternalistas; mirada desde la diversidad de las culturas locales, lo nacional equivale a homogeneización centralista y acortamiento oficialista. De modo que es tanto la idea como la experiencia social de identidad la que desborda los marcos del análisis tradicionalista.
La identidad no puede seguir siendo pensada como expresión de una sola cultura homogénea; el monolingüismo y la uniterritorialidad que la primera modernización heredó de la colonia escondieron la multiculturalidad de que está hecho lo latinoamericano.
La identidad en América Latina, en el contexto de la globalización, debe ser pensada desde la transculturación que nos dejó Fernando Ortíz: Al fin… en todo un abrazo sucede lo que en la cópula genética de los individuos: la criatura siempre tiene algo de ambos progenitores, pero también siempre es distinta de cada uno de los dos. La globalización ha venido a reafirmarnos, nos hemos encontrado a nosotros mismos, punto a partir del cual nos integramos al resto del mundo. Nuestra identidad forjada en la incansable lucha contra el invasor conformó nuestra cultura emergida hoy como el escudo de la nación.
Para los cubanos la identidad, lo nacional es el símbolo de rebeldía y de lucha que anima hoy el espíritu de resistencia de la nación frente al mundo; nuestra cultura es al alma de la nación, ha dicho Carlos Martí, salvándola salvamos nuestra manera de pensar y de ser, pero no encerrados en una concha, si abiertos al mundo, dialogando, interpretando, apropiándonos de lo más valioso de la cultura universal para ganarnos el derecho a pertenecer y a participar.
La lengua porta un fuerte sentido de pertenencia dentro del campo de la identidad cultural y promovió un sentir común para apartar al colonizador intruso. Entonces, la lengua se convirtió en un espacio sobre el cual la nación tuvo primeramente que reafirmar su soberanía para luego transformarla y adaptarla al mundo moderno, hasta llegar a nuestros días, tomando rasgos propios y distintivos que incorporaron el voseo, el lunfardo, lo cocolichesco y la mistura con lenguas originarias que, idiosincráticamente fue volviéndola única, como la nación argentina.
Matilde Latrónico
Agosto 2010
